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La llegada a la Luna: un salto para la humanidad, una musa para la cultura pop

El alunizaje cambió la percepción que la humanidad tenía del universo, mientras confirmaba a Estados Unidos como la mayor potencia mundial. La misión no solo deslumbró a una generación, también desató todo tipo de teorías conspirativas.

Sábado 20 de Julio de 2019

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“Si el hombre pensara sobre su inminente desenlace, su aterradora insignificancia y su soledad en el cosmos, seguramente, perdería la cabeza o sucumbiría a un sentido de futilidad aquiescente. ¿Por qué, se podría preguntar, debería molestarse en escribir una gran sinfonía, o luchar para ganarse la vida, incluso amarse entre sí, cuando no es más que un momentáneo microbio en una partícula de polvo girando en la inmensidad del espacio?”. Stanley Kubrick.

Eso que para el cineasta neoyorquino era un mecanismo de defensa, también es una condición innata del hombre moderno. Nos olvidamos de las estrellas. A diferencia de las antiguas civilizaciones, el proceso de socialización nos lleva a mantener los “pies sobre la Tierra". Las pulsiones, las urgencias, las necesidades, las obligaciones… todo nos condiciona. Y nos encierra tanto en nuestra rutina y nuestros deseos que creemos ser el ombligo del universo. Ni siquiera nos rendimos ante algo superior e incomprensible. Ya lo dijo Friedrich Nietzsche: "El hombre en su orgullo, creó a Dios, a su imagen y semejanza".

Anclados a nuestras experiencias, casi nunca nos detenemos a pensar qué hay más allá de la atmósfera terrestre. Es difícil salir de ese antropocentrismo, casi imposible. Pareciera que nos basta con saber que los astros y los satélites cumplen sus funciones, y apenas nos estremecemos unos segundos cuando se anuncia una fecha estimada para la caducidad de "nuestro” Sol. Para ese desenlace faltan tantos milenios que lo consideramos una cuestión exclusiva de la ciencia ficción y sus distopías apocalípticas.

Sin embargo, hace cincuenta años, nos animamos a despegar, a elevarnos. El 20 de julio de 1969, cuando el hombre llegó a la Luna fue una de las pocas veces que descentralizamos la existencia. Frente a la tele entendimos que somos una gota en el mar -esa partícula de la habla Kubrick- y, al mismo tiempo, experimentamos la sensación de pertenecer a algo mucho más grande que la humanidad. Ya no era un relato de Julio Verne o H.G. Wells, el hombre había conseguido lo imposible.

No solo los chicos empezaron a soñar con ser astronautas. Aquél alunizaje reflejó nuestra finitud y demostró nuestras ambiciones de conquistar lo desconocido. Su repercusión también nos definió (y nos define): la perplejidad, el optimismo, la incredulidad, y la decepción. Al fin de cuentas, el Apolo 11 sirvió para reafirmar la conquista cultural del imperio estadounidense y remarcó nuestro amor hacia las historias. Verídicas o ficticias, en el fondo sabemos que ellas son las únicas que van a trascendernos. Las únicas que pueden mantenernos vivos al menos hasta que algún meteorito decida nuestro final. Y si esas historias incluyen conspiraciones y secretos de estado, mucho mejor.

¡Kubrick lo hizo!

La cultura pop se ha encargado de mantener el idilio con las teorías de distintos complots alrededor de ese "gran salto para la humanidad". La favorita es la que señala al genio que citamos al comienzo de esta nota como el director de toda la farsa en un estudio de Nuevo México o en una locación improvisada en la famosa Área 51. Esta falacia se apoyó en un supuesto cambio de favores entre la NASA y el realizador después que la agencia gubernamental le proporcionase planos con diseños originales para que 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) sea un espejo de la tecnología más avanzada de la época. Pero sobre todo en los supuestos errores que yacen en la filmación como la falta de estrellas, el movimiento de la bandera o la "perfecta" huella que dejó Neil Armstrong en el polvo lunar. ¡Hasta se dijo que aparecía una botella de Coca-Cola en el “set”!

Sin embargo, el tiempo debilitó ese mito, y cada una de esas dudas ha sido erradicada –sobre todo por cuestiones vinculadas a las incompetencias de la tecnología con el que tomó registro hace cinco décadas-. Imaginemos que el cineasta detrás de La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971) se hubiese encargado de la estafa: ¡la filmación no tendría ninguna imperfección técnica! A expensas de su miedo a volar, su obsesión por alcanzar la brillantez lo hubiese llevado a negociar la posibilidad de registrarlo in situ. Sí, en pleno satélite.

El supuesto montaje a cargo del realizador cobró tanta fuerza que se ha convertido en una de las habladurías favoritas de cinéfilos y conspiranoides. Y hay un aspecto que alimenta la leyenda: el realizador nunca dijo nada al respecto y varios fanáticos encontraron supuestas pistas en piezas de su filmografía como El Resplandor (The Shining, 1981). Incluso varios espectadores mordieron en anzuelo y creyeron en los falsos testimonios que recogió Operación Luna (Opération Lune, 2002), un falso documental estrenado el día de los inocentes donde supuestamente el entorno del artista daba algunos detalles del montaje.

La broma llegó demasiado lejos en Shooting Stanley Kubrick (2015), la supuesta "entrevista perdida" en la cual el maestro confesaba que el alunizaje fue su "obra maestra". Sin embargo, esa ficción nadie se la creyó. No solo porque a él nunca le gustó ese tipo de exposición, sino también porque su imitador no se parecía mucho que digamos…

Lunáticos: ¿estafadores o conquistadores?

Otros interrogantes más allá de las "imperfecciones" en el material audiovisual también contribuyeron a las hipótesis más surrealistas. Principalmente, a pesar del tour mundial que prosiguió a su obligada cuarentena pos aterrizaje, los tres astronautas que contemplaron la "magnífica desolación" prefirieron esquivar la popularidad y muchos sostienen que eligieron cuidadosamente sus palabras ante los medios. ¿Fueron acallados por el gobierno estadounidense?, se lee en decenas de foros.

Repasemos: Neil Armstrong se recluyó en un monasterio durante una buena parte de su vida, Buzz Aldrin vivió en un pozo depresivo, y Michael Collins prefirió no ostentar su título como el hombre que estuvo "más lejos de casa".

Para los fanáticos de las confabulaciones, el motivo para montar una falacia espacial no solo se debió a la necesidad estadounidense de imponerse a la Unión Soviética en la carrera espacial. Todas las posibilidades fueron exploradas libremente por Doug Moenchen en The Big Book of Conspiracies (1995). En esta reunión de relatos subversivos que publicó DC Comics, se abre el juego a todas las versiones: el hombre nunca llegó y todo fue una farsa digna del peor Hollywood; alunizó y fue atacado por selenitas; el Tío Sam siguió enviando tripulaciones en secreto y aprovechó la tecnología encontrada en el Lado Oscuro de la Luna. Cada teoría es un mundo (o satélite) aparte.

Datos, no opinión

El físico David Drimes, de Oxford, concibió una fórmula que le permitió calcular cuán improbable es que un secreto tan grande pueda permanecer oculto durante tantas décadas. Y el resultado es obvio: no hay manera de que las 400.000 personas que trabajaron en el programa Apolo hayan logrado mantener sus bocas cerradas. Además, ¿los científicos no se hubiesen sentido estafados al analizar rocas lunares "falsas"?

Cuántas veces escuchamos decir: "si llegamos, ¿por qué no seguimos yendo?". Pero, aunque no se celebren aniversarios en torno a la "segunda o tercera vez que el hombre pisó la Luna", Estados Unidos llevó a más astronautas al satélite. Apolo 12 (1969), 14 (1971), 15 (1971), 16 (1972) y 17 (1972) fueron las excursiones que alcanzaron el objetivo. La única misión fallida fue la de Apolo 13, ya que una explosión en el módulo de servicio obligó a los tripulantes a abortar el alunizaje. "Houston, tenemos un problema de memoria".

 

 

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